Lección: Mateo 23:37-39 Texto: Isaías 45:23
INTRODUCCION
La “verdad” no sólo es para los que se
dicen tener conocimiento de Dios, su ley y doctrina, sino que para todo el
mundo. Para los Israelitas primeramente como dice Romanos 1:16 y también al
griego (todos los que no somos Judíos). Al venir Jesús a los suyos y al ver que
ellos no le recibieron, debe con amor enseñar la única verdad existente,
comprobar con sus hechos que es el Mesías y recorrer las ciudades para la promulgación
del evangelio. Juan 3:16 dice “para que todo aquel”, implicando una extensión del
mensaje. La única ciudad de Dios, que existe y tiene nombre aquí en la tierra y en el cielo, Jerusalén, es
la que tiene la bendición, es el centro neurálgico de la disputa, incluso hoy, que
ahora el Maestro usará como figura literaria para mostrar el castigo que tendrán
sus habitantes, por rechazar a su redentor y a quienes rehúsan el mensaje de
vida. En la clase anterior vimos la voz profética, la negativa a oírla, y el
castigo. Es como si fuera una historia interminable. La decisión o el decreto
de derramar la ira final sobre todos los que endurecen sus corazones fue hecha
no sólo en los días antiguos, sino en el plan eterno de Dios y nos debe poner
en alerta en estos tiempos finales como iglesia de Cristo.(Lucas 13:34-35)
DESARROLLO
v.37-39) En el primer verso 37 de la lección, escuchamos a Jesús expresar el primer
desahogo de tristeza dirigido a “Jerusalén”, porque esta ciudad, siendo la
capital, corazón y centro de Israel, simboliza el espíritu o la actitud de la
nación como un todo. En la repetición de la palabra Jerusalén encuentra su
expresión una intensa emoción, un sentir dramático, y un dolor insondable. Ejemplos
“altar, altar” (1° Rey.13:2), “Marta, Marta” (Luc.10:41), “Simón, Simón” (Luc.22:31),
y las múltiples repeticiones como “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, Absalón, hijo
mío! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo
mío!” (2° Sam.18:33); y “¡Tierra, tierra, tierra! oye palabra de Jehová” (Jer.22:29;
7:4). Ya se ha declarado que la nación era verdaderamente culpable de dar
muerte y apedrear a los embajadores oficiales de Dios; Como vimos en Mateo
5:12. Existe por lo tanto prueba irrefutable para “¡Cuántas veces he querido
juntar a tus hijos” en primer lugar en el Evangelio según Juan 2:13-14;
5:14; 7:14, 28; 8:2; 10:22, 23, vemos lo que Jesús observó, analizó y corrigió
directamente. Incidentalmente, esta declaración de Jesús también demuestra que
aun los Evangelios Sinópticos, aunque enfatizan la obra de Cristo en Galilea y
sus alrededores, dan testimonio de la extensa labor que había realizado en
Jerusalén y sus alrededores. Sin embargo, al tener presente que Jerusalén
representaba a la nación, debe señalarse que la compasión y el amor de Cristo
de ningún modo habían estado confinados a los habitantes de esta ciudad o
siquiera de Judea. Había sido abundantemente evidente también en el norte (Mat.9:36; 11:25-30; 15:32).
El símil usado por
Jesús es extraordinario e inolvidable : Repentinamente aparece un gavilán,
sus alas plegadas, los ojos centrados en la granja, sus ominosas garras
preparadas para coger un polluelo. O, para cambiar la figura, se avecina una
tormenta. Los relámpagos se hacen cada vez más frecuentes, el rumor del trueno
se hace más estridente y las descargas eléctricas se acercan más y más. Las
gotas pronto se convierten en un aguacero, y el aguacero en algo que parece un
diluvio. En todo caso lo que ocurre es que con un anhelante “cloc, cloc, cloc”
la gallina llama sus polluelos, los oculta bajo sus alas protectoras, y tan
rápido como puede busca donde guarecerse. “¡Cuán frecuentemente”, dice Jesús,
“en igual forma yo he deseado reuniros! Pero no quisisteis”. ¿Pensaban,
realmente, que sus advertencias eran sin sentido, y ridículas sus predicciones
de un juicio que se avecinaba?
El resultado de estas
constantes negativas, de este endurecimiento del corazón, se describe en los versos
38 y 39. He aquí, vuestra casa os es dejada desierta, desolada. Pues os digo,
ciertamente de aquí en adelante no me veréis hasta que digáis: Bendito es el
que viene en el nombre del Señor. “Vuestra casa” no indica sencillamente
“vuestro templo”, sino “vuestra ciudad”. Sin embargo, el templo está incluido.
En cuanto al cumplimiento, leamos que había dicho en la parábola en Mateo 22:7. Y Unamos el A.T leyendo Deu.28:24, 37, 45; 1° Rey. 9:7; con el N.T en Luc.21:20, 24, 28.
v.39) En el modificativo “de aquí
en adelante” la palabra “aquí” se debe interpretar como que incluye
los días inmediatamente venideros. El sentido es que después de esta semana de
la pasión Jesús no se volverá a revelar públicamente a los judíos hasta el día
de su segunda venida. Salvo un breve período de transición (Hch.13:46), el día de especial oportunidad para los judíos ha pasado. En la
segunda venida de Cristo sobre las nubes de gloria “todo ojo le verá” (Apo.1:7).
“Bendito es el que viene en el nombre del Señor” (Mat. 21:9; Luc.19:38) será la exclamación que habrá en toda boca. Entonces,
en su gloriosa venida, los que se habrán arrepentido antes de morir proclamarán
a Cristo con plenitud de gozo; los demás harán lamentación con remordimiento,
sin arrepentimiento. Pero tan majestuosa y radiante será la gloria de Cristo
que todos se sentirán por si solos a tributarle homenaje en glorificación, Amén. Isa.45:23; Rom. 14:11; Fil. 2:10-11. En cuanto a lo demás, este pasaje se
debe entender a la luz de Mateo 8:11-12. Es en estos versos en que Jesús lo
está declarando (Nota importante : Sólo Dios puede declarar, no el hombre), con
todos los elementos que ellos implica, el mundo, nación, ciudad, templo,
iglesia, etc.
CONCLUSION
El último discurso público de Cristo
se cierra con un lamento conmovedor, en que se revelan su solemne ternura y la
severidad del juicio divino contra todos los que han respondido con desprecio a
una compasión tan maravillosa. Dios es amor (Justicia de Dios) y también fuego
consumidor, esto no es contradictorio o un absurdo, es la perfección de Él.
Para la nación de Israel actual como el bíblico, todo se cumplirá. El aviso es
ahora para nosotros como iglesia, para estar correctamente “en Cristo”. Lea con
calma el Capítulo de Romanos 11 y en
especial los versos 18 al 20, donde queda clara nuestra posición como injertados. Al final el
remanente de Israel y el remanente de gentiles, son uno sólo y son los que serán salvos por gracia (Rom.11:25-26). Amén.
APOYO ESTUDIO: IB MITEI